jueves, 27 de marzo de 2025

Es lo que un hombre hace (23)

 

Capítulo 23: United in grief

Una de las mejores canciones del grupo de Glam Metal Mötley Crüe, nos presenta ese deseo primario masculino de tener muchas mujeres cerca de ti, pero es engañosa ya que no te presenta las consecuencias de tener tantas chicas alrededor tuyo, ya saben lo que dicen, entre más alejado estés de las mujeres mejor.

Mala suerte la mía, bueno, al menos en esencia ya que esta vez no me desperté junto a una mujer (como tantas otras veces hice en mi vida) sino con un hombre (que extrañamente solo había despertado al lado de unos pocos, incluyendo a mi querido Alucard). Yo siempre despertaba lenta y pesadamente después de una reparadora noche de sueño, y me pareció muy extraño el sentir una ligera picazón en la cara, al abrir los ojos me encontré cara a cara con la axila peluda de Alfonso. Mi asco y dignidad regresó a mi cuerpo después de muchos meses de auto denigración y me quité rápidamente de entre los brazos de mi chófer.

Al levantarme de la cama me di cuenta de que el alcohol me jugó una mala pasada anoche ya que mi chófer se veía mucho más atractivo de lo que me lo parecía ahora. Igual sus historias si me conmovieron, pero me dí cuenta de que su labia fue lo que me enganchó a él.

Le mandé un mensaje rápido a su WhatsApp diciéndole que lo intenté despertar pero que no pude y que me tenía que ir rápido por un compromiso familiar. Me vestí en china y salí a toda prisa de la habitación cargando mi bolso. Me metí rápido al ascensor, del cual estaba saliendo una vieja arrugada, de cabello corto y rizado totalmente canoso.

—Con permiso señora.

No sé por qué, pero a mí siempre me pasa mamada y media.

La anciana no dijo nada, solo camino a un lado mío y se dio media vuelta mientras yo entraba al ascensor.

—Ya ni las putas se levantan a sus horas.

La cara se me calló de la vergüenza y solo pude vislumbrar la maliciosa sonrisa de la vieja mientras las puertas se cerraban.

Me restregué en la pared y las rodillas se me debilitaron. Miré mi reloj y vi que ya eran las 12 del día, maldita vieja, tenía razón. Tengo que recoger a mis hijos de la escuela a la 1 pm y la escuela está al otro lado de la ciudad, no tengo mi auto, y para acabarla de amolar aún estoy convertida en Nicole.

Mierda.

Salí corriendo del elevador y abriendo la aplicación de Uber para pedir un coche, y los malditos me cancelaban, y me llegaban un montón de mensajes y notificaciones.

Hasta que un conductor me aceptó el viaje y pude tomarlo fuera del hotel, casi aventando al botones de la entrada.

Pensé en marcarle a Lupita, pero había olvidado que a esta hora ella se encontraba en su turno de día en el hospital. Y me lo había dicho con antelación hace más de una semana.

Durante el transcurso del viaje en coche me dedique a contestar los mensajes pendientes y a confirmar horarios para clientes, mi semana otra vez estaba súper llena.

Tardé casi 40 minutos en llegar a mi casa, pague el viaje con la tarjeta de crédito y me apresuré a salir, el conductor me trató de sacar platica un montón de veces, pero me pase de mamonas y le contestaba súper simple.

Pero eso no importaba, me metí a mi casa, me puse mi ropa de hombre y me tomé la pastilla.

Gracias a dios pude recoger a mis hijos a tiempo del nuevo colegio en donde los había metido.

—Hola papi, ya salimos —Me avisó Miranda desde la puerta de la escuela al verme afuera esperándolos.

—Qué bueno hermosa —le dije mientras la abrazaba agachado.

—¿Y tus hermanos?

—Están adentro, ven te queremos enseñar algo, ven rápido.

Mi hija me jaló de la mano y me condujo hacía el patio principal de la escuela, en dónde me percaté que tenían un montón de decoración del día de muertos, ni siquiera me había percatado que estábamos en vísperas de día de muertos, revisé mi reloj y ví la fecha, era el lunes 28 de octubre. Había otros padres que también habían sido invitados por sus hijos, probablemente las maestras les habían pedido a los niños que les dijeran a sus papás que vinieran a ver la decoración.

Había papel picado colgado del techo y las paredes, un esqueleto del salón de ciencias sentado en una silla (parecía más de Halloween eso), y un largo camino de pétalos de Cempaxúchitl conducía a la atracción principal, lo cual era un altar de muertos gigantesco hecho con mesas y sillas de las aulas. Adornado por comida real y un montón de marcos con fotografías de familiares fallecidos, la mayoría parecían ser de abuelos o tíos, me imagino que también tenía que haber uno que otro de gente que conocía el personal de la escuela, lamentablemente me sorprendió que había una foto de un niño pequeño entre todas ellas, tejía una pequeña nota pegado con un Post It amarillo que decía: “Te extraño mucho, tu hermano Carlitos”. Un pobre niño había perdido a su hermanito, mi humor se derribó por unos instantes. Pero lo que terminó por destruir mis emociones fue ver la foto de mi esposa justo al lado de la del pequeño niño.

Miranda pareció haberse percatado de mi consternación y me apretó con su mano.

—Le pusimos una foto a mami en el altar.

No había visto la cara de mi esposa en más de uno o dos años.

En medio de mi casi ataque de ansiedad llegaron mis otros dos hijos, Alex estaba pintado de la cara como si fuera una calavera y mi hija Matilda solo llevaba una serie de collares de calabacitas de plástico en el cuello. Los abracé y les dije:

—¿Ustedes ayudaron a construirlo?

—Si, nosotros trajimos la sal y la foto papi —dijo Matilda.

—Las maestras armaron lo demás —dijo Alex.

—Les quedó hermosos niños, casi me hace llorar —dije soltando una pequeña lágrima.

—Estuvo bonito, si —dijo Miranda.

Nos quedamos un poco más de tiempo dentro de la exhibición y luego nos fuimos cuando los demás padres también se marcharon.

Al subir al carro me quedé varios segundos agarrando el volante y mirando a la pantallita, mirando mi reflejo. Parecía extrañamente demacrado.

—¿Papá estas bien?

Matilda me sacó de mi estupor, incluso me extraño que su dicción había mejorado notablemente comparándolo con unos meses atrás.

—No, es solo que me maree un poco y venía un carro por atrás —(no era cierto).

Encendí el carro y me marché.

Toro el resto del día estuve de un ánimo terrible, me sentía desorientado, perdido, como si me hubieran licuado el cerebro. Apenas y pude pedir en Uber Eats un poco de comida para los niños, hasta incluso yo mismo había perdido el apetito.

Estuve con los niños el día entero, pero mi mente divagaba por otros lugares. Una parte oscura de mí mismo que había escondido dentro de un frío y solitario closet.

Mis niños fueron a dormirse y me quedé con ellos acompañándolos, recostado en la cama de Alex cobijado solamente por una pequeña frazada que apenas y cubría mis pies. Me aseguré de que todos ya estuvieran dormidos y me fui de nuevo a la sala de la casa, pero estaba sediento y decidí ir por un vaso de agua. Y mientras me servía mi mente se dispersó de nuevo y termine mojando la ropa porque el vaso de desbordó.

Puse el vaso en la encimera de la cocina y con un trabajo sucio intenté limpiar las manchas de agua del piso. Pero un mal movimiento hizo que le diera un codazo a el vaso y cayera al piso, estrellándose ruidosamente.

Ese sonido me flechó el cerebro y una corriente de aire frío recorrió mi nuca.

Ese sonido me recordaba a una de las últimas discusiones que tuve con Cristina.

☆☆☆

—No puedes hacerme esto, a tus hijos, a nuestra familia, no lo eches a perder todo, por favor —Rogué, rogué ante la entidad que se encontraba enfrente mío, la cual me devolvió una mirada fría y despectiva.

—No me interesa nada de eso —dijo la entidad.

—¿Pero, en que te fallé? —pregunté totalmente derrotado.

—En todo, no cumpliste como hombre, no vales para nada, me avergüenza el haberme casado contigo…

☆☆☆

Me desperté a la mitad de la noche empapado en sudor y con la respiración acelerada y entrecortada. Había soñado con mi esposa. Aquella mujer por la que había derramado tantas lágrimas, aquella mujer que me había despreciado, a mí y a mis hijos.

Me enfurecí conmigo mismo y me levante de la cama totalmente despierto, me fui al baño y me lave la cara con agua del lavabo y me miré al espejo en la oscuridad, era la mismísima imagen de la desesperación.

Volví a mi cuarto y tomé mi teléfono, busque el número de Lupita y le llame lo más rápido que pude.

Vamos mierda contesta, por favor.

El teléfono solo sonaba, hasta me parecía como una risa macabra que se burlaba de mí.

—Hola…

—Hola, ¿Lupita? —dije desesperado.

—Si, soy yo hijo —dijo Lupita con la voz soñolienta— ¿Qué paso hijo?

—Es sobre Cristina, no lo soporto más Lupita, ayúdame.

Hubo un silencio mortal por un par de segundos.

—Está bien, que quieres hablar sobre ella, se breve, son las tres de la mañana.

—Me he estado mintiendo por mucho tiempo, y a ti también…

—¿Pero por qué?

—Cristina no se accidentó en ese carro, ella se suicidó.

—¿Qué? — La voz de Lupita se enfureció.

—necesito hablar contigo para explicártelo todo, iré a tu casa ahora.

—Espera, no…

—No hay tiempo, ya me voy —dije a los gritos y colgué la llamada.

Me puse los zapatos, tomé mis llaves y me salí a la calle a las prisas, me subí al carro y me fui para la casa de Lupita.

Llegué unos minutos después, no casa no estaba lejos de la mía.

Le llame por teléfono y le dije que estaba afuera de su casa y que por favor me abriera la puerta.

Ella estaba vestida de pijama y me recibió con mala cara.

—Será mejor que te expliques Pedro, me acabo de dormir y ya me quitaste totalmente el sueño.

—Lo lamento mucho, pero hay algo que debo decirte.

Ella solo arqueó las cejas y se hizo a un lado de la puerta para dejarme pasar.

Me dirigí hacia la cocina y comencé a preparar café. Mientras tanto nos sentamos en la mesa, tuve un deja-vu de aquella vez hace algunos meses en que Lupita me había sacado toda la ropa y me la había puesto en la mesa para interrogarme, oh qué tiempos aquellos.

—Bueno, comienza a hablar Pedro.

—Si, mira, hoy fui a la escuela de los niños e hicieron un altar de muertos y pusieron un montón de fotos de diferentes personas que habían fallecido y ellos pusieron una foto de su mama.

—Si, yo los ayer a prepararse para ese día y les di esa foto para que la pusieran.

—Si, yo no lo sabía —dije con honestidad.

—Bueno, yo no había visto una foto de ella desde hace mucho tiempo y apenas pude recordar el por qué terminamos nuestra relación.

—Espera, ¿Cuándo terminaron?

—Poco antes de que ella muriera, dejamos de vivir juntos, porque ella —Se me hizo un nudo en la garganta— ella empezó a vivir con otro sujeto.

La cara de Lupita era de horror puro, o talvez culpa.

—No lo sabías, ¿verdad?

Ella solo apretó los labios y me dijo:

—Sabía que ella estaba con otro hombre, ella misma me lo dijo —Confesó— yo no quería traer ese tema a la mesa porque pensaba que tu no lo sabías y no quería que te sintieras mal.

—Yo pensaba lo mismo de ti, que tú tampoco lo sabías —Dije sorprendido.

—Si sabía, ella me lo dijo un día en que llegó a la casa con ese muchacho, yo le pregunté por los niños y ella se desentendió de ellos, me dijo que se iba a ir a vivir a Monterrey con su nueva pareja.

—No, no puede ser — dije sumamente dolido.

—Pero Pedro, ¿es en serio que ella ya no quería tener nada que ver con los niños? —Dijo consternada— Siempre supe que mi hija podía ser una persona difícil y problemática, pero nunca pensé que fuera posible que ella abandonara a sus propios hijos.

—Pues lo hizo, me abandonó dos semanas antes de que se suicidara.

—¿Y cómo estás seguro de que su accidente fue un suicidio?

—Porque ella me amenazó que lo iba a hacer, al igual que sé que ella lo intentó varias veces cuando era más joven y aún vivía con usted —dije sin ningún ánimo de ofender, solo como un dato relevante— Me llamó por teléfono en la mañana en que se mató, dijo que su nuevo novio la había abandonado y que si la podía recibir en casa…

—¿Y qué le dijiste? —Inquirió.

—Estaba muy enojado con ella y le dije “si tuviste los huevos para salirte de la casa tienes los mismos huevos para quedarte fuera”.

Lupita soltó un quejido de dolor.

—El sujeto la había abandonado en cuanto pudo, no soportó sus constantes cambios de humor y berrinches, o tal vez se sintió culpable de haber sido parte de la separación de una familia, no hay forma de saberlo.

—No, no hay forma…

  —Y Cristina me dijo que si no podía estar con nosotros de vuelta ni con su nuevo novio que la vida ya no valía la pena.

—Entonces si era verdad… —dijo Lupita mientras se quedaba callada.

—¿Qué cosa?

—Ella siempre me amenazaba con lo mismo, que se iba a matar, si hacía mucho calor, se iba a matar, que, si algo no le salía bien, se iba a matar, o que, si no le hacía caso alguien, se iba a matar.

—Parece que cumplió con sus amenazas.

—¿Por qué? —Sollozó Lupita, parecía estar hablando con la vida y no conmigo.

—Ella nunca fue feliz, con nadie, no podía serlo.

—Desde que la adopté nunca paró de llorar, siempre estaba triste, siempre.

—Su bipolaridad siempre creaba un montón de problemas, tanto para ella como para las demás personas que la rodeaban.

—Toda su vida la pasó con psicólogos y psiquiatras —dijo Lupita con mucha melancolía en su voz.

Me pregunto si Neil la pudo haber ayudado de alguna forma, pensé, creo que nunca lo sabré.

—Sus problemas mentales siempre la imposibilitaron.

—En gran parte sí, pero tu más que nadie sabes que ella estaba medicada y podía tener momentos de lucidez, ¿porque aun así decidió actuar como lo hizo? —Mi tono de voz se tornó molesto

—Ella si sentía culpa, por eso se quitó la vida, porque ella ya no soportaba vivir de esa manera —dijo Lupita casi a gritos.

—No podemos saber que estaba pasando exactamente por su cabeza, y especular solamente alimenta nuestro retorcido recuerdo de ella.

—No es retorcido, solo está desecho por el dolor de haberla perdido.

Acéptalo Lupita, Cristina no era una buena persona, no importaban su enfermedad, ella era maliciosa, robaba, se drogaba enfrente de ti por un tiempo, hablaba mal de nuestros conocidos y familiares, y mis hijos ni nadie más que yo sé esto, pero ella intentó abortar a las niñas.

—¿A las dos?

—Si, la descubrí varias veces con medicamentos en la casa o golpeándose el estómago, una vez me amenazo de denunciarme de maltrato intrafamiliar si yo le decía a alguien.

—Yo no la crie así —dijo con tristeza.

—De haber sabido que ella era así no me hubiera casado con ella, y no te sientas culpable, ambos intentamos hacer todo por ella, pero era demasiado con lo que lidiar, no se lo deseo a nadie.

Tomé la mano de Lupita y ambos soltamos amargas lágrimas de sufrimiento puro.

—Juro que lo intenté, lo juro —Sollozó.

—Te creo, yo también, yo también —dije mientras se me quebraba la voz.

Agarré las manos de Lupita aún más fuerte y lloramos juntos, juntos por aquella mujer que trajo tanto, tanto dolor. Espero y rezo porque en muerte pueda hallar la paz que en vida no encontró.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario