Capítulo
23: United in grief
Una de las mejores canciones del grupo
de Glam Metal Mötley Crüe, nos presenta ese deseo primario masculino de tener
muchas mujeres cerca de ti, pero es engañosa ya que no te presenta las
consecuencias de tener tantas chicas alrededor tuyo, ya saben lo que dicen,
entre más alejado estés de las mujeres mejor.
Mala suerte la mía, bueno, al menos en
esencia ya que esta vez no me desperté junto a una mujer (como tantas otras
veces hice en mi vida) sino con un hombre (que extrañamente solo había
despertado al lado de unos pocos, incluyendo a mi querido Alucard). Yo siempre
despertaba lenta y pesadamente después de una reparadora noche de sueño, y me
pareció muy extraño el sentir una ligera picazón en la cara, al abrir los ojos
me encontré cara a cara con la axila peluda de Alfonso. Mi asco y dignidad
regresó a mi cuerpo después de muchos meses de auto denigración y me quité
rápidamente de entre los brazos de mi chófer.
Al levantarme de la cama me di cuenta de que
el alcohol me jugó una mala pasada anoche ya que mi chófer se veía mucho más
atractivo de lo que me lo parecía ahora. Igual sus historias si me conmovieron,
pero me dí cuenta de que su labia fue lo que me enganchó a él.
Le mandé un mensaje rápido a su WhatsApp
diciéndole que lo intenté despertar pero que no pude y que me tenía que ir
rápido por un compromiso familiar. Me vestí en china y salí a toda prisa de la
habitación cargando mi bolso. Me metí rápido al ascensor, del cual estaba
saliendo una vieja arrugada, de cabello corto y rizado totalmente canoso.
—Con permiso señora.
No sé por qué, pero a mí siempre me pasa
mamada y media.
La anciana no dijo nada, solo camino a
un lado mío y se dio media vuelta mientras yo entraba al ascensor.
—Ya ni las putas se levantan a sus
horas.
La cara se me calló de la vergüenza y
solo pude vislumbrar la maliciosa sonrisa de la vieja mientras las puertas se
cerraban.
Me restregué en la pared y las rodillas se me
debilitaron. Miré mi reloj y vi que ya eran las 12 del día, maldita vieja,
tenía razón. Tengo que recoger a mis hijos de la escuela a la 1 pm y la escuela
está al otro lado de la ciudad, no tengo mi auto, y para acabarla de amolar aún
estoy convertida en Nicole.
Mierda.
Salí corriendo del elevador y abriendo la
aplicación de Uber para pedir un coche, y los malditos me cancelaban, y me
llegaban un montón de mensajes y notificaciones.
Hasta que un conductor me aceptó el
viaje y pude tomarlo fuera del hotel, casi aventando al botones de la entrada.
Pensé en marcarle a Lupita, pero había
olvidado que a esta hora ella se encontraba en su turno de día en el hospital.
Y me lo había dicho con antelación hace más de una semana.
Durante el transcurso del viaje en coche
me dedique a contestar los mensajes pendientes y a confirmar horarios para
clientes, mi semana otra vez estaba súper llena.
Tardé casi 40 minutos en llegar a mi casa,
pague el viaje con la tarjeta de crédito y me apresuré a salir, el conductor me
trató de sacar platica un montón de veces, pero me pase de mamonas y le
contestaba súper simple.
Pero eso no importaba, me metí a mi
casa, me puse mi ropa de hombre y me tomé la pastilla.
Gracias a dios pude recoger a mis hijos
a tiempo del nuevo colegio en donde los había metido.
—Hola papi, ya salimos —Me avisó Miranda
desde la puerta de la escuela al verme afuera esperándolos.
—Qué bueno hermosa —le dije mientras la
abrazaba agachado.
—¿Y tus hermanos?
—Están adentro, ven te queremos enseñar
algo, ven rápido.
Mi hija me jaló de la mano y me condujo
hacía el patio principal de la escuela, en dónde me percaté que tenían un
montón de decoración del día de muertos, ni siquiera me había percatado que
estábamos en vísperas de día de muertos, revisé mi reloj y ví la fecha, era el lunes
28 de octubre. Había otros padres que también habían sido invitados por sus
hijos, probablemente las maestras les habían pedido a los niños que les dijeran
a sus papás que vinieran a ver la decoración.
Había papel picado colgado del techo y las
paredes, un esqueleto del salón de ciencias sentado en una silla (parecía más
de Halloween eso), y un largo camino de pétalos de Cempaxúchitl conducía a la
atracción principal, lo cual era un altar de muertos gigantesco hecho con mesas
y sillas de las aulas. Adornado por comida real y un montón de marcos con
fotografías de familiares fallecidos, la mayoría parecían ser de abuelos o
tíos, me imagino que también tenía que haber uno que otro de gente que conocía
el personal de la escuela, lamentablemente me sorprendió que había una foto de
un niño pequeño entre todas ellas, tejía una pequeña nota pegado con un Post It
amarillo que decía: “Te extraño mucho, tu hermano Carlitos”. Un pobre niño
había perdido a su hermanito, mi humor se derribó por unos instantes. Pero lo
que terminó por destruir mis emociones fue ver la foto de mi esposa justo al
lado de la del pequeño niño.
Miranda pareció haberse percatado de mi consternación
y me apretó con su mano.
—Le pusimos una foto a mami en el altar.
No había visto la cara de mi esposa en
más de uno o dos años.
En medio de mi casi ataque de ansiedad
llegaron mis otros dos hijos, Alex estaba pintado de la cara como si fuera una
calavera y mi hija Matilda solo llevaba una serie de collares de calabacitas de
plástico en el cuello. Los abracé y les dije:
—¿Ustedes ayudaron a construirlo?
—Si, nosotros trajimos la sal y la foto
papi —dijo Matilda.
—Las maestras armaron lo demás —dijo
Alex.
—Les quedó hermosos niños, casi me hace
llorar —dije soltando una pequeña lágrima.
—Estuvo bonito, si —dijo Miranda.
Nos quedamos un poco más de tiempo
dentro de la exhibición y luego nos fuimos cuando los demás padres también se
marcharon.
Al subir al carro me quedé varios
segundos agarrando el volante y mirando a la pantallita, mirando mi reflejo. Parecía
extrañamente demacrado.
—¿Papá estas bien?
Matilda me sacó de mi estupor, incluso
me extraño que su dicción había mejorado notablemente comparándolo con unos
meses atrás.
—No, es solo que me maree un poco y venía
un carro por atrás —(no era cierto).
Encendí el carro y me marché.
Toro el resto del día estuve de un ánimo
terrible, me sentía desorientado, perdido, como si me hubieran licuado el
cerebro. Apenas y pude pedir en Uber Eats un poco de comida para los niños,
hasta incluso yo mismo había perdido el apetito.
Estuve con los niños el día entero, pero mi
mente divagaba por otros lugares. Una parte oscura de mí mismo que había
escondido dentro de un frío y solitario closet.
Mis niños fueron a dormirse y me quedé con
ellos acompañándolos, recostado en la cama de Alex cobijado solamente por una
pequeña frazada que apenas y cubría mis pies. Me aseguré de que todos ya
estuvieran dormidos y me fui de nuevo a la sala de la casa, pero estaba
sediento y decidí ir por un vaso de agua. Y mientras me servía mi mente se
dispersó de nuevo y termine mojando la ropa porque el vaso de desbordó.
Puse el vaso en la encimera de la cocina
y con un trabajo sucio intenté limpiar las manchas de agua del piso. Pero un
mal movimiento hizo que le diera un codazo a el vaso y cayera al piso,
estrellándose ruidosamente.
Ese sonido me flechó el cerebro y una
corriente de aire frío recorrió mi nuca.
Ese sonido me recordaba a una de las
últimas discusiones que tuve con Cristina.
☆☆☆
—No puedes hacerme esto, a tus hijos, a
nuestra familia, no lo eches a perder todo, por favor —Rogué, rogué ante la
entidad que se encontraba enfrente mío, la cual me devolvió una mirada fría y
despectiva.
—No me interesa nada de eso —dijo la
entidad.
—¿Pero, en que te fallé? —pregunté totalmente
derrotado.
—En todo, no cumpliste como hombre, no
vales para nada, me avergüenza el haberme casado contigo…
☆☆☆
Me desperté a la mitad de la noche empapado
en sudor y con la respiración acelerada y entrecortada. Había soñado con mi
esposa. Aquella mujer por la que había derramado tantas lágrimas, aquella mujer
que me había despreciado, a mí y a mis hijos.
Me enfurecí conmigo mismo y me levante de la
cama totalmente despierto, me fui al baño y me lave la cara con agua del lavabo
y me miré al espejo en la oscuridad, era la mismísima imagen de la
desesperación.
Volví a mi cuarto y tomé mi teléfono, busque
el número de Lupita y le llame lo más rápido que pude.
Vamos mierda contesta, por favor.
El teléfono solo sonaba, hasta me
parecía como una risa macabra que se burlaba de mí.
—Hola…
—Hola, ¿Lupita? —dije desesperado.
—Si, soy yo hijo —dijo Lupita con la voz
soñolienta— ¿Qué paso hijo?
—Es sobre Cristina, no lo soporto más
Lupita, ayúdame.
Hubo un silencio mortal por un par de
segundos.
—Está bien, que quieres hablar sobre
ella, se breve, son las tres de la mañana.
—Me he estado mintiendo por mucho tiempo,
y a ti también…
—¿Pero por qué?
—Cristina no se accidentó en ese carro,
ella se suicidó.
—¿Qué? — La voz de Lupita se enfureció.
—necesito hablar contigo para
explicártelo todo, iré a tu casa ahora.
—Espera, no…
—No hay tiempo, ya me voy —dije a los
gritos y colgué la llamada.
Me puse los zapatos, tomé mis llaves y
me salí a la calle a las prisas, me subí al carro y me fui para la casa de
Lupita.
Llegué unos minutos después, no casa no
estaba lejos de la mía.
Le llame por teléfono y le dije que estaba
afuera de su casa y que por favor me abriera la puerta.
Ella estaba vestida de pijama y me
recibió con mala cara.
—Será mejor que te expliques Pedro, me
acabo de dormir y ya me quitaste totalmente el sueño.
—Lo lamento mucho, pero hay algo que
debo decirte.
Ella solo arqueó las cejas y se hizo a
un lado de la puerta para dejarme pasar.
Me dirigí hacia la cocina y comencé a
preparar café. Mientras tanto nos sentamos en la mesa, tuve un deja-vu de
aquella vez hace algunos meses en que Lupita me había sacado toda la ropa y me
la había puesto en la mesa para interrogarme, oh qué tiempos aquellos.
—Bueno, comienza a hablar Pedro.
—Si, mira, hoy fui a la escuela de los
niños e hicieron un altar de muertos y pusieron un montón de fotos de
diferentes personas que habían fallecido y ellos pusieron una foto de su mama.
—Si, yo los ayer a prepararse para ese
día y les di esa foto para que la pusieran.
—Si, yo no lo sabía —dije con
honestidad.
—Bueno, yo no había visto una foto de
ella desde hace mucho tiempo y apenas pude recordar el por qué terminamos
nuestra relación.
—Espera, ¿Cuándo terminaron?
—Poco antes de que ella muriera, dejamos
de vivir juntos, porque ella —Se me hizo un nudo en la garganta— ella empezó a
vivir con otro sujeto.
La cara de Lupita era de horror puro, o
talvez culpa.
—No lo sabías, ¿verdad?
Ella solo apretó los labios y me dijo:
—Sabía que ella estaba con otro hombre,
ella misma me lo dijo —Confesó— yo no quería traer ese tema a la mesa porque
pensaba que tu no lo sabías y no quería que te sintieras mal.
—Yo pensaba lo mismo de ti, que tú tampoco lo
sabías —Dije sorprendido.
—Si sabía, ella me lo dijo un día en que
llegó a la casa con ese muchacho, yo le pregunté por los niños y ella se desentendió
de ellos, me dijo que se iba a ir a vivir a Monterrey con su nueva pareja.
—No, no puede ser — dije sumamente
dolido.
—Pero Pedro, ¿es en serio que ella ya no
quería tener nada que ver con los niños? —Dijo consternada— Siempre supe que mi
hija podía ser una persona difícil y problemática, pero nunca pensé que fuera
posible que ella abandonara a sus propios hijos.
—Pues lo hizo, me abandonó dos semanas
antes de que se suicidara.
—¿Y cómo estás seguro de que su accidente fue
un suicidio?
—Porque ella me amenazó que lo iba a hacer,
al igual que sé que ella lo intentó varias veces cuando era más joven y aún
vivía con usted —dije sin ningún ánimo de ofender, solo como un dato relevante—
Me llamó por teléfono en la mañana en que se mató, dijo que su nuevo novio la
había abandonado y que si la podía recibir en casa…
—¿Y qué le dijiste? —Inquirió.
—Estaba muy enojado con ella y le dije
“si tuviste los huevos para salirte de la casa tienes los mismos huevos para
quedarte fuera”.
Lupita soltó un quejido de dolor.
—El sujeto la había abandonado en cuanto
pudo, no soportó sus constantes cambios de humor y berrinches, o tal vez se
sintió culpable de haber sido parte de la separación de una familia, no hay
forma de saberlo.
—No, no hay forma…
—Y Cristina me dijo que si no podía estar con
nosotros de vuelta ni con su nuevo novio que la vida ya no valía la pena.
—Entonces si era verdad… —dijo Lupita
mientras se quedaba callada.
—¿Qué cosa?
—Ella siempre me amenazaba con lo mismo, que
se iba a matar, si hacía mucho calor, se iba a matar, que, si algo no le salía
bien, se iba a matar, o que, si no le hacía caso alguien, se iba a matar.
—Parece que cumplió con sus amenazas.
—¿Por qué? —Sollozó Lupita, parecía
estar hablando con la vida y no conmigo.
—Ella nunca fue feliz, con nadie, no
podía serlo.
—Desde que la adopté nunca paró de
llorar, siempre estaba triste, siempre.
—Su bipolaridad siempre creaba un montón
de problemas, tanto para ella como para las demás personas que la rodeaban.
—Toda su vida la pasó con psicólogos y
psiquiatras —dijo Lupita con mucha melancolía en su voz.
Me pregunto si Neil la pudo haber
ayudado de alguna forma, pensé, creo que nunca lo sabré.
—Sus problemas mentales siempre la imposibilitaron.
—En gran parte sí, pero tu más que nadie
sabes que ella estaba medicada y podía tener momentos de lucidez, ¿porque aun
así decidió actuar como lo hizo? —Mi tono de voz se tornó molesto
—Ella si sentía culpa, por eso se quitó
la vida, porque ella ya no soportaba vivir de esa manera —dijo Lupita casi a
gritos.
—No podemos saber que estaba pasando exactamente
por su cabeza, y especular solamente alimenta nuestro retorcido recuerdo de
ella.
—No es retorcido, solo está desecho por
el dolor de haberla perdido.
Acéptalo Lupita, Cristina no era una buena
persona, no importaban su enfermedad, ella era maliciosa, robaba, se drogaba
enfrente de ti por un tiempo, hablaba mal de nuestros conocidos y familiares, y
mis hijos ni nadie más que yo sé esto, pero ella intentó abortar a las niñas.
—¿A las dos?
—Si, la descubrí varias veces con
medicamentos en la casa o golpeándose el estómago, una vez me amenazo de
denunciarme de maltrato intrafamiliar si yo le decía a alguien.
—Yo no la crie así —dijo con tristeza.
—De haber sabido que ella era así no me
hubiera casado con ella, y no te sientas culpable, ambos intentamos hacer todo
por ella, pero era demasiado con lo que lidiar, no se lo deseo a nadie.
Tomé la mano de Lupita y ambos soltamos
amargas lágrimas de sufrimiento puro.
—Juro que lo intenté, lo juro —Sollozó.
—Te creo, yo también, yo también —dije
mientras se me quebraba la voz.
Agarré las manos de Lupita aún más fuerte y
lloramos juntos, juntos por aquella mujer que trajo tanto, tanto dolor. Espero
y rezo porque en muerte pueda hallar la paz que en vida no encontró.
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