sábado, 1 de marzo de 2025

Es lo que un hombre hace (10)

 

Capítulo 10: Un cliente familiar

Habían pasado varias semanas desde que había tenido ese encuentro con Nelly, las cosas si cambiaron, pero solo para mejor. Teníamos más confianza a la hora de interactuar, nos compartíamos más cosas y nos dábamos cumplidos en torno a nuestros looks, casi como dos amigas muy cercanas. O tal vez incluso más que eso.

Como se los mencioné antes, al momento de firmar el contrato con papi, acepté trabajar por un mes, mes que se pasó más rápido de lo que imaginé. En mis primeros días tenía pensado, que ni bien acabe el plazo estipulado abandonaría esto y buscaría otro trabajo, sin embargo, tras las jugosas ganancias y aquella noche con Nelly, mis planes cambiaron y aún con el dolor de mi orgullo masculino firmé para dos meses más. Que igual se fueron volando.

Esto alegró bastante a papi, pues según sus propias palabras

—Te has convertido en una de las favoritas de los clientes.

No obstante, este nuevo contrato tenía algunas cláusulas diferentes al anterior, aquello de hacer cualquier cosa que el cliente pidiera seguía intacta, sin embargo, la paga era ahora el doble, esto a cambio de que ya no trabajaría únicamente de noche si no que tendría que tener disponibilidad a cualquier hora del día. Esto me preocupó un poco, me quitaría bastante tiempo de calidad con mis hijos y tendría que contratar a alguien que los pueda cuidar, sin embargo, considerando la paga y que solo estaría unos meses más pensé en que era necesario, así que nuevamente firme un contrato con el diablo.

Y desde ese día mi trabajo dejó de ser exclusivamente de noche. Deje de tener un horario fijo, en donde todos los días tenía que ir a la misma hora, ahora tenía que esperar la llamada de papi a cualquier hora del día. Eso tenía sus pros y contras a la vez, lo positivo era que no era tan matado como el horario anterior y podía descansar un poco más, lo malo es que podía llamarme en los momentos que pasaba con mis hijos. 😔

Por ejemplo, me encontraba animando a mi hijo en el su partido de futbol, hasta que nuevamente recibí una llamada papi. Con el pesar de mi corazón tuve que pedirle a una madre amiga que grabe el resto del partido y que lo lleve a mi casa una vez que acabé. Ese día tuve que hacer una sesión de fotos, papi quería publicitar de mejor manera a sus chicas, por lo que contrató un estudio de fotografía para que tomase fotos a cada una con distintos trajes desde vestidos, bikinis y lencería. Así que ahí estaba yo modelando un bikini frente a una cámara mientras me perdía el partido de mi pequeño.

Había días en los que no me llamaba, días que aprovechaba para descansar un rato y compensar el tiempo perdido con mis hijos. Sin embargo, también había veces en los que tenía que ser Nicol por un más de 24 de horas.

Uno de esos días tuve una experiencia muy particular, me llevaron a una habitación de un motel que ya había visitado un par de veces. Alfonso volvió a ser mi chofer, y seguía llevándose algo pesado conmigo, pero por lo menos hacía platica y me hacía reír.

Me dejó dentro del motel donde se podía aparcar los autos para más privacidad, me despedí y toqué la puerta de la habitación que me indicó.

Al ver a la persona que me abrió mi alma se calló al suelo y estuve a punto de derrumbarme, era un viejo panzón y mal encarado, parecía un bulldog feo.

La persona que abrió la puerta era nada más ni nada menos que mi exjefe, el señor Urrutia.

La escena debería de sentirse cómica si fuera vista desde afuera, una hermosa “chica” en sus veintitantos y un señor gordo, feo, calvo y de lentes frente a ella. La chica vestida de minifalda blanca y con un bolso pequeño de cuero al hombro y el tipo con una bata de baño, juntos en una soledad que daba miedo.

El señor Urrutia parecía nervioso y se sobaba las manos en señal de ansiedad, y con voz temblorosa dijo:

—¿Eres Nicol verdad?

No pude responder y solo asentí con la cabeza.

—Ah, te estaba esperando, pasa.

El señor Urrutia por primera vez se había comportado como un ser humano con otra persona.

Tragué saliva y me metí dentro de la habitación, era una suite porque estaba muy limpia y amplia.

En cuanto entré el señor Urrutia cerró la puerta y se fue a sentar aún nervioso a la cama.

—Bueno, emm… Nicol, me presento yo me llamo Jaime Urrutia —dijo con voz bajita— pero todos me dicen señor Urrutia.

Su comportamiento no era nada igual al que conocía en la oficina, prepotente y grosero.

—Un gusto —dije con los dientes cerrados.

—Bueno emm… Nicol esta es mi primera vez llamando a una trabajadora como tú y pues quisiera saber que podemos hacer.

El tipo se comportaba como un chico tonto.

—Pues depende lo que le hayas pagado a mis representantes, no sé qué te ofrecieron.

—Ah sí, me ofrecieron varios paquetes por así decirlo, y compre el más completo.

—¿Y qué te dijeron que contiene el completo? —pregunté.

—Bueno dijeron que podía hacer contigo lo que se me antojaba mientras no te ponga en algún tipo de peligro.

—¿Daño o peligro de verdad no?

—Si algo así.

–¿Bueno que quiere señor?

 El señor Urrutia se hundió en sí mismo.

—Bueno, jeje la verdad es que yo te contrate para que me cumplas una fantasía.

Eso fue el último clavo del ataúd que sello mi destino de querer conservar algo de mi masculinidad, sobajarme ante un animal como mi jefe.

—¿Y que sería eso? —pregunte con los dientes cerrados y con falsa sonrisa.

—Bueno jeje, me gustaría que me maltrate.

Algo dentro de mi mente hizo cortocircuito.

—¿Quiere que lo trate mal?

—Si me gustaría mucho amor.

Las posibilidades y Miles de fantasías de tortura llegaron a mi mente.

—¿Y qué es lo que tengo permitido hacerle? —quería tentar las aguas.

—Pegarme, escupirme, quemarme con cera, atarme, humillarme… la palabra de seguridad es mantequilla.

—¿Mantequilla? —pregunte extrañada.

—Si, es una palabra que no se puede decir por accidente aquí.

Su sonrisa era bobalicona.

—¿Le puedo decir groserías y humillarlo entonces?

—Si, no te queda claro.

Me miró un poco mal.

Me desate.

—Claro que me queda claro gordo seboso hijo de puta.

—Si, justo así —gritó excitado.

—Maldito gordo cabrón al suelo y quítate la ropa.

El señor Urrutia obedeció dócilmente.

Me divertí de lo lindo gritándole y pegándole con algunos juguetes sexuales que había comprado, le aplasté los lentes con mis zapatos y no podía ver nada.

Solo me reí por todo lo que le hacía, me sentía algo mal pero enseguida recordaba alguna cosa que me hizo en la oficina y lo maltrataba peor.

Decidí humillarlo en su sexualidad, asegurando que era joto en realidad por contratar Scorts con X-Change.

—Si, lo soy, lo soy —lloraba de la impotencia y dolor.

Había unos zapatos de tacón en una esquina de la habitación y me pidió que se los pusiera.

Decidí tomarlos y lo vi de lejos, se veía bastante patético. En cuatro en el piso, desnudo y llorando.

—No te voy a poner los tacones, mejor te voy a dar gusto maricón y te los voy a meter por el culo.

—No por favor.

—Cállate, te dije que no hablaras.

Se calló al instante.

Me arrodillé junto a él tomé el tacón y le escupí en la aguja, ese palito que da la altura y va en el talón.

Introduje el tacón en el apestoso trasero del señor Urrutia. La imagen era bastante aberrante.

—Eso es lo que una asquerosa puta como tú se merece —dije mientras retorcía la zapatilla de lado a lado. Me alejé y me senté en la cama a verlo. Incluso saque mi celular y le tome fotos.

El señor Urrutia llevaba ya casi quince minutos con el tacón metido, y aún seguía gimiendo y sollozando de dolor.

Me acerqué y lo seguí humillando. Pero cometió un error, levantó la mano e intentó tocarme la entrepierna. Yo aún seguía totalmente vestida.

—¡¿Qué te dije puta?¡, no tocar mi vagina.

Me voltee rápidamente y le di un manazo muy duro en su espalda, hasta le dejaría un moretón.

—Auch lo lamento, lo lamento no me pegues.

Me pare le di un puntapié en la boca, para callarlo.

—Cierra el pico estúpido idiota rabo verde, ¿no entiendes que aquí no puedes hablar eh?

Estaba haciendo mierda a mi jefe.

Se limitó a sollozar

—Deja de llorar, solo das lastima, párate a cuatro patas y ladra como el perro que eres.

Ni lento ni perezoso hizo caso a mis demandas.

—Woof, woof —Soltó mientras jadeaba cómo perro.

—Así me gusta, perro feo —le dije arañándole la espalda y nalgueando su espalda baja, ni loca le toco el culo.

—Voy al baño a lavarme las manos puto grasiento.

Volví y aún seguía comportándose como perro. Así que saqué mi celular otra vez y lo grabé, era la escena más patética del mundo. Vi mi celular y me di cuenta de que estaba bastante viejo, así que me aproveche más de mi suerte, tomé el pantalón del señor Urrutia y del bolsillo saque su cartera, tenía mucho dinero.

—Sabes, necesito un nuevo celular y tú parece que tienes mucho dinero, así que voy a tomarlo todo y comprarme uno nuevo, tu dominatriz no puede tener nada barato.

—Woof, tómalo, woof, auuuuuu.

Saqué todo el dinero y me lo metí a la bolsa, dinero fácil.

—Bueno puto ya me aburriste y ya me voy, no intentes seguirme o volver a contratarme, si quieres puedes donarme más dinero, pero no planeo volver a verte.

—Si, eres la mejor si, maltrátame más.

—Eres tan basura que no te lo mereces.

Parecía que incluso mi rechazo lo excitaba más.

—Bueno me voy maricón.

Lo deje desnudo y llorando en el piso, bastante feo. Pero al menos estaba segura de que no me lo volvería a topar nunca en la vida.

Alfonso me esperaba afuera mientras tenía puestos sus audífonos y fumaba un cigarro.

—¿Tan rápido? —dijo sorprendido.

—Ni se le paraba al wey.

—Pobre pendejo —dijo Alfonso riendo.

Me subí al carro, tomé la pastilla, Alfonso me dejó en mi casa y me fui a comer pizza con mis hijos y a comprarles ropa nueva. Cómo si nada hubiera pasado, desde ese entonces mi confianza se afianzó. Y pude soportar mi nuevo empleo.

 

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