martes, 11 de febrero de 2025

Es lo que un hombre hace (1)


 

Capítulo 1: Un hombre de familia


Hay un día que nunca olvidaré, ese fue el 18 de marzo del 2022, porque ese día algo dentro de mí se rompió. Y aún no tengo la certeza de que fue exactamente.
Tres días antes de esa fecha, inicié mi día como cualquier otro, desperté a mis hijos para llevarlos a la escuela, les puse sus uniformes y los esperé en la cocina mientras preparaba el desayuno, eran huevos revueltos y choco milk. Un desayuno balanceado para que mis hijos crezcan fuertes y sanos. No como yo, que crecí siendo enfermizo y rodeado de cierta miseria.
Mi hijo mayor Alex de ocho años bajó después de haberse cepillado los dientes y me saludó con cariño.
—Hola papá.
—Hola campeón, ¿listo para iniciar el día? —le pregunté animadamente.
Alex se limitó a encogerse de hombros y murmurar un quedo "si".
Era un niño con cara agradable y su cabello era rizado y castaño. Se parecía mucho a su mamá.
Después Bajó Miranda mí niña de en medio de seis años, y al último Matilda su gemela.
Todos mis hijos eran niños muy listos y autosuficientes. Tuvieron que aprender a hacer muchas cosas cuando su madre falleció y no podía estar yo para ellos. Se volvieron muy independientes, pero ya estaban volviendo a la normalidad y me pedían ayuda para realizar sus cosas más complicadas.
Miré como comían mis hijos y los llevé en auto a su escuela, era un kínder/primaria.
Me despedía de ellos y los vi entrando a la escuela.

Después de haberlos dejado subí a mi auto y me dirigí a mi trabajo qué empezaba a las 12 de la mañana.
Yo trabajaba como oficinista en un despacho de abogados.
Esa empresa se llama Henson & Johnson era una firma inglesa qué movía mucho dinero. Lástima que no el suficiente como para ofrecerme un salario decente. Tenía que trabajar más de sesenta horas semanales para apenas y conseguir el suficiente dinero como para subsistir una semana y media. Los demás días tenía que ingeniármelas en cuanto a lo que gastaba.

Al llegar me recibió mi jefe el señor Urrutia, un viejo bastarda qué disfrutaba humillando a sus empleados.
—Ya me contaron señor Torres.
—¿Disculpe señor? —le conteste extrañado.
—Ya me contaron qué llega tarde.
—Para nada señor, siempre llego antes de las 12, y checo mi entrada.
La expresión en su cara se hizo muy desagradable.
—Usted bien sabe que tiene que llegar 25 minutos antes de su hora y retirarse otros 25 minutos después de que se acabe su turno.
—Pero señor si hago horas extra diario y llego a esa hora, usted no me paga esos 50 minutos extra —le dije con el corazón palpitándome muy fuerte.
—Exacto, 50 minutos no es la hora completa —sonrió maliciosamente—. ¿Como espera qué le pague horas extra si no las cumple?
— Pero señor, yo...
—Se le está haciendo tarde, Torres.
Me di media vuelta me callé y me fui a mi escritorio. Inicié sesión en mi computadora y me puse a trabajar, unos 35 minutos después de haber seguido con mis pendientes llegó un compañero llamado Estévez, el cual solamente me saludó con la cabeza y procedió a dejarme una torre de carpetas en mi escritorio.
Solté un suspiro y apoyé mi cabeza en el escritorio por unos 30 segundos. Llevaba horas trabajando y llegaba más y más.
—Qué bien, y ahora durmiendo en el trabajo.
Subí la cabeza y encontré la asquerosa cara de mi jefe encima de mí. Su tupido bigote y su mal aliento me recibieron a centímetros de mi cara. Me espanté y balbuce algo.
—No señor, yo solo... —mierda, mierda mierda—. Yo solo...
—Evítese las excusas señor Torres, vaya a visitar la oficina de los recursos humanos cuando termine su turno —se alejó lentamente de mi dándome la espalda—. Y olvídese de la hora de comer.
—Puta madre —murmuré.

Después de casi cinco horas trabajando ya se había terminado mi turno, con todo y los veinticinco minutos extra que pidió mi jefe. Ya no había nadie en la oficina. Excepto mi jefe, el cual solo me sonreía con su mirada de odio característica.

Me fui directamente al baño y me lavé la cara y los ojos, todo me dolía. Después de eso me sequé la cara y salí al pasillo principal de la oficina. Buscando con la mirada alguna puerta qué dijera: "recursos humanos".
Había una habitación con ese nombre pintado en puertas de vidrio al final del pasillo. Me dirigí ahí y abrí la puerta.
Era una oficina grande e iluminada con luz cálida, un sujeto bien vestido estaba sentado detrás de un escritorio trabajando en su computadora.
—Hola, Disculpé, pero mi jefe me mandó aquí —dije con la voz quebrada.
—¿Urrutia verdad? —preguntó el hombre con una sonrisa.
—Si.
—Ay, ese hombre hace mi trabajo cien veces más complicado.
—Lo siento por ser una molestia.
—No es su culpa señor Torres, es culpa de su jefe —dijo el hombre con cara cansada—. ¿Sabe cuántas quejas tengo sobre él?
—Me imagino que muchas.
—Así es, estamos a punto de despedirlo.
Mi corazón dio un vuelco de la emoción.
—Solamente dígame por qué lo envió y crearé un reporte.
Me senté en una de las sillas frente al escritorio y le conté el porqué estaba ahí. Me sentía muy seguro con este hombre.

Era un sujeto muy bien parecido, vestía con un traje negro impecable y una corbata rojo escarlata muy bella. Era joven, de unos veinticinco años, su cabello era rubio y corto, aunque estilizado.
Hablábamos de lo que pasaba internamente en la empresa y lo que nos parecía el señor Urrutia.




Parecía que nos entendíamos muy bien.
La platica cambio de rumbo rápidamente, y comenzamos a hablar con más intensidad.
—A todo esto, ¿Cómo te llamas amigo? —pregunté a mi interlocutor.
—Ah perdóname, soy Neil —me dijo mientras se inclinada hacia mí para darme un apretón de manos—. ¿Cuál es tu nombre de Pila amigo?
—Soy Pedro —me presenté mientras le daba la mano a Neil.

—Un placer el conocerte Pedro, necesitaba saber de más gente maltratada para levantar un reporte lo suficientemente completo —me dijo Neil volviéndose a sentar en su aparentemente cómoda silla de oficina.

—Te puedo decir más cosas aún, ese maldito vejete debe de irse.

—Concuerdo amigo, es inaceptable que en una empresa tan grande se condonen estás fechorías.

Neil se reclinó un poco hacia atrás y pude apreciar su complexión por primera vez. Era muy delgado.

—Oye Neil —dije en voz baja.

Neil se desperezo y se acercó un poco.

—¿Si Pedro? —Preguntó cortésmente.

—¿Eres el único trabajador de recursos humanos aquí?

—En realidad no, yo soy el del turno vespertino —mencionó—.  Hay alguien más aquí en la mañana, pero no hay problema, no tengo muchas obligaciones.

—Genial, tu trabajo parece interesante.

—Lo es amigo, lo malo es que pagan muy mal.

—A mí también viejo.

Ambos nos reinos como locos por unos segundos.

—Pero estoy tratando de conseguir dinero extra, eso nunca viene mal.

—Si —afirme—. ¿Tienes Hijos?

—No, aún no.

—Oh, yo pensé que, si tenías como yo, por lo de que te pagan poco.

—Para una persona si pagan poco, no me imagino cuánto le puedan pagar a alguien como tú con otras personas que dependen de él.

—El dinero siempre es problema.

—Dímelo a mí.

Neil parecía muy cansado.

— ¿Estás bien? —le pregunté a mi nuevo amigo.

—En absoluto, sabes tengo tres trabajos —dijo apesadumbrado.

—Wow, ¿tres? —dije sorprendido—. Yo con uno siento que me muero.

—Bueno, tu trabajo es más demandante que el mío, y con un jefe como el tuyo que lo complica todo.

—Si.

—Pero tengo otros dos trabajos, por la mañana tengo pacientes en mi consultorio psicológico y en la noche yo… —se interrumpió a sí mismo.

—¿Estás bien?
—Oye, ¿qué hora es? —preguntó Neil.
—Mmm, las nueve con quince, ¿Por qué?
—Rayos, llegaré tarde a mi trabajo.
Neil se paró y apagó su computadora.
—Disculpa por no poder quedarme, pero ya me tengo que ir.
Salió de la oficina junto conmigo y apagó la luz.
—Bueno Pedro, cuídate, nos vemos luego.
Se fue caminando rápido por el pasillo y lo perdí de vista.
Yo también me marché, subí a mi auto y me fui a casa. Me sentía desconcertado por el súbito cambio de Neil.

Al llegar a casa me encontré con el panorama usual.



Mi suegra ya había recogido a los niños y estaba dentro de casa. La saludé y ella me miró con preocupación.
—¿Estás bien Pedro?
No tenía cara como para mirarla después de haber sido humillado todo el día. Pero solo logre decirle:
—Estoy bien, solo un poco cansado.
Ella me abrazó y me susurró en el oído.
—Aguanta hijo, vendrán tiempos mejores, lograrás sobresalir, ya lo verás.

Me dio un beso en la mejilla de despedida y me explico un poco lo que había hecho con los niños. Ya estaban bañados, cenaron y ya se habían ido a dormir.
Mi suegra se marchó y me solté a llorar en la sala, estaba en el límite, mi esposa ya no estaba conmigo, tenía que criar a mis hijos yo solo y era maltratado dentro de mí trabajo. Era un perdedor. Pero por lo menos tenía a mi suegra Lupita que me hecha la mano. Ella era la madre adoptiva de mi esposa, su perdida fue extremadamente dura y aún no sé si se ha recuperado del todo. Después de todo las muertes familiares no se olvidan, sólo se toleran.

Esa noche cené solo como siempre.
Subí y me avente a la cama totalmente rendido. Pero por más que lo intentará no podía dormir.
Di vueltas en la cama y no pude dejar de preguntarme, ¿Cuál era ese otro trabajo qué tenía Neil?

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