domingo, 23 de marzo de 2025

Es lo que un hombre hace (21)

 

Capítulo 21: El caballero del sexo.

Dentro de mi casa todo había cambiado, mis hijos habían abrazado la estancia semipermanente de su tía Nicol, y la aparente ausencia de su padre el cual solo aparecía una vez cada dos semanas para llevárselos de viaje, regalarles cosas, cómo ositos de peluche y derrochar dinero (dinero que me ganaba en menos de una hora en cualquier martes random). Pero mis hijos parecían estar muy satisfechos con nuestra relación, habían logrado tragarse la atroz mentira de que su padre era un importante hombre de negocios y su tía Nicol una simple modelo no muy importante. Aunque en realidad la famosa era yo y el perdedor igual yo, pero de hombre, que complejo.

Aunque casi siempre se encontraban en casa de Lupita y ahí nos la pasábamos, ya que en muchas ocasiones me tenía que ir de improvisto por algún cliente y no podía dejarlos solos en mi casa. Ah es cierto, ayudé a Lupita a pagar una casa cercana a la mía. Los días de pasar nuestro tiempo en ese viejo apartamento habían pasado. La nueva casa tenía un pequeño jardín trasero con un árbol de limones, al parecer le pertenecía a una viejecilla que acababa de fallecer y los hijos vendieron la casa a precio de descuento. Era bonita, elegante y amplia, y Lupita no paraba de agradecerme cada que me veía como hombre. Durante mis estancias más prolongadas con ella y los niños tuve que ayudarle con muchas reparaciones de su casa, era gracioso ya que de vez en cuando mis hijos me tomaban una foto mientras trabajaba, la imagen resultante era la de una mujer hermosa en ropa a la moda manchada de polvo en la cara y martilleando clavos a la pared o serruchando pedazos de madera en la cochera. De igual manera aparte de las reparaciones Lupita decidió que era necesario que aprendiera a cocinar como Dios manda, yo consideraba que como hombre sabía lo suficiente sobre la cocina (leche y cereal, huevos, tacos de bistec y pechugas de pollo a la plancha). Pero Lupita me enseñó a preparar tamales, pozole, carnes de todo tipo, sopas que no eran instantáneas y hasta postres, a los cuales les pedía a mis hijos que me ayudaran, aunque terminaban manchados de harina y trocitos de chocolate. Aprendí mucho.

Ese ambiente tan cálido y familiar contrastaba enormemente con la otra versión de mi vida. Al llegar a mi casa no se escuchaban ruidos de niños, no había olor a comida y no había rastro alguno de masculinidad adulta. Me gustaba también pasar tiempo para mí mismo dentro de casa, arreglarla o manejar mis negocios e inversiones, me había hecho acreedora de varias acciones de compañías importantes y utilizando datos falsos había recibido pagos bastante fuertes a cuentas bancarias en otros países, no importaba si cometía algún tipo de delito fiscal nadie iba a ser capaz de rastrear a una mujer que nunca ha existido oficialmente.

Aunque generalmente me ponía a hacer mis cosas propias, ver películas, beber alcohol, escuchar música a todo volumen con mi nuevo equipo de sonido. Me había dado cuenta de que era un derrochador. Lo gracioso de eso es que en mis momentos de soledad absoluta no me daban ganas de convertirme en hombre de nuevo, me sentía demasiado a gusto como mujer y el único momento que era hombre era cuando tenía que hacer algo muy importante fuera de casa o ver a mis hijos. En realidad, mi cuerpo de mujer era muy cómodo y más porque tenía ropa de todo tipo y para toda situación, pero acostumbraba a vestirme con una playera interior de tirantes y una bata de seda carísima. Parecía un mafioso ruso con tetas.

En esos momentos de soledad mi lívido se presentaba de manera improvista y sin pedirlo, era jodido ya que por ejemplo si me encontraba viendo una película de James Bond, las chicas Bond no causaban nada en mí, pero cuando aparecía algún actor musculoso o bien parecido me quedaba embobado viéndolos. Ahora se me hace casi imposible ver una película de superhéroes sin sentir excitación por ver hombres musculosos semidesnudos.

Y pues esos sentimientos minaron más y más en mí, además de pues tener también la influencia sexual de mi trabajo, pero ya me había comprometido a explorar está nueva faceta de mí misma y era muy tarde para arrepentirse. Compré algunos juguetes sexuales en internet y los recibí todo el mismo día, metiéndome de lleno en la incursión de mi perversidad.

Me fui a dar un baño y aproveché para masajearme todas las curvas de mi cuerpo, masajeé mis tetas y pinché mis pezones, moviéndome de manera femenina y gimiendo, me recorté los bellos púbicos y me lavé con un champú íntimo especial.

Aproveché para ponerme a grabar videos para mi OnlyFans y justo en cuanto los publiqué me llegaron decenas de compras, más dinero para mami.

Ahora sí me arrojé a la cama y comencé a tocarme, aun grabándome comencé a acariciar mi vagina por detrás mientas estaba en cuatro en la cama, movía mi culo y me metía los dedos, era similar a ser penetrada pero como me podía tocar a voluntad sentía muy rico, gimiendo y sintiéndome totalmente mujer. Tomé un juguetito llamado bala vibradora que es como un mini dildo y lo acerqué a mi coño. La sensación era constante y muy rica, me movía en la cama sin importarme mucho la cámara, me recosté boca arriba con las piernas abiertas y me seguí masturbando con la bala, luego sobándome los labios con los dedos y metiéndomelos dentro de la vulva. Me imaginaba a mí misma siendo penetrada por un cliente guapo que había tenido hace días. Me vine después de varios minutos mojándome los dedos con un líquido viscoso.

Lo que siguió de ese día ya no lo grabé, pero fue simplemente deleitarme con mi cuerpo y ver un montón de porno de todo tipo. La que más me gustó fue el video de dos chicos delgados penetrando a sus supuestas novias en una semi-orgía.

Por la noche recibí un mensaje de texto imprevisto. Era del señor Black.

Decía:

Nicol, me agradaría volver a verte, han pasado meses desde que no hemos tenido contacto y me gustaría poder invitarte a cenar una noche. Estoy dentro de la ciudad por unos negocios que tenía que atender y tengo un día libre.

Era mi oportunidad de darle vuelo a la hilacha.

Le escribí que, si me podía llamar por teléfono y unos dos minutos más tarde recibí su llamada, me recibió su dulce y masculina voz, se escuchaba muy contento y coqueto, se lo hice ver y se disculpó al respecto. Con sus modales exquisitos. Nos pusimos de acuerdo y acordamos salir al día siguiente, me agradó mucho su llamada y platicamos por lo que pareció una hora. Me reserve ciertos temas que quería hablar con él en persona.

Para el tiempo de la cena pasaron a recogerme al Aphrodite ya que no quería que conocieran mi casa. En la camioneta ya se encontraba Alucard, el cual me recibió con un beso en los labios y un abrazo tan fuerte como para matar a un oso.

Yo vestía un vestido negro que terminaba en mis rodillas y una chaqueta de cuero muy bonita, tenía el cabello alisado y un maquillaje muy discreto, pero con los labios pintados de un carmesí intenso.

 Hablaba animado y cortés. Cenamos en un restaurante japonés muy elegante propiedad de un amigo suyo y fuimos a una de sus casas en la zona más exclusiva de la ciudad.

No era una mansión, pero era tan elegante que hacía parecer a la mía una casa con techo de lámina. Subimos rápidamente a su habitación y me ofrecí para darle un masajito.

Se quitó la camisa y tomé un aceite fino de su botiquín del baño. Mientras le masajeaba la espalda y lo encontraba en su momento más sensible quise hablarle de manera sincera.

—Alucard, ¿me consideras como una amiga?

—Claro Nicol, me llevo muy bien contigo, hace mucho no tenía un amigo sincero, solo tengo muchos conocidos.

—Tú también me caes bien Alucard, eres un hombre muy educado y comprensivo.

—Me honra que pienses eso de mí —dijo Alucard volteando su cara sobre su hombro.

—Bueno, es que quería hablar contigo ya que conoces un poquito más de mí que cualquier otro cliente que haya tenido.

—Dime que es Nicol.

—Bueno, ¿recuerdas que te mencioné sobre mi condición de hombre verdad.

—Eso recuerdo, si

—Pues he tenido algunos cambios en mi vida y quería dejar ese lado masculino un poco de lado y enfocarme en disfrutar de ser mujer —Alucard se quedó callado.

—¿Qué dices?

—Yo creí que ya disfrutabas de esto desde el viaje que hicimos —dijo con la voz un poco entrecortada.

—Si disfruté…

Él se volteó y me miró fijamente.

—Fue la primera vez que disfrute en serio hacerlo con un hombre.

—¿Por qué?

—Me sentía culpable, sucio, como un marica poco hombre.

—Pero…

—Pero ya no más, he vivido de esto por mucho tiempo y he logrado llegar a términos conmigo mismo, quiero esto quiero todo lo que me puedas dar y más, mucho más.

Alucard terminó de escuchar y no dijo nada, solo se postró por encima de mí y me dio un apasionado beso en los labios

—Es un honor ser el primero que te hizo sentir como mujer, y créeme aún no te he mostrado todo.

Lo que pasó después de ese beso solo puede ser descrito cómo el apasionante y desenfrenado encuentro sexual entre un hombre muy masculino y una mujer totalmente femenina.

Alucard solo vestía su pantalón y yo aún tenía toda la ropa puesta. Me ayudó a quitarme la chaqueta y a desabrocharme el vestido. Todo mientras nos besábamos y nos acariciábamos la piel. Terminé en tanga y braseare, él quiso quitarme, pero lo detuve poniendo firmemente mi mano en su pecho, rápidamente me arrodille y le desabroché el cinturón. Sus pantalones callejón y me encontré frente a frente con una erección a medias, le quité también los calzoncillos y le dije que se quitará todo y lo hiciera a un lado con una patada. Su pene era aún más hermoso de lo que lo recordaba, aún tenía sus bellos totalmente depilados y su erección se endurecía segundo a segundo. Abrí la boca y me metí la mitad de su verga, jugué un poco con mi lengua y le apreté la base del pene con ambas manos, haciendo el típico movimiento porno de mamada. Mi amigo estaba en el séptimo cielo. Sus piernas temblaban y aproveché para jugar con él y lo empujé a la cama, sacándolo violentamente de su transé.

Me levanté rápidamente y me quité los pantis, arrojándoselas a la cara, el las olió y su mirada se embriagó por unos segundos.

—Hueles a puro sexo Nicol.

—Y eso que esas están limpias —le dije sonriente.

Le mostré mis bellos púbicos que lucían una pequeña y linda forma de corazón.

—¿Me lo quieres comer? —dije mordiéndome el pulgar como una niña.

Él se acercó de nuevo a mí y me besó de nuevo, aprovechando para quitarme el braseare también.

Salté hacia atrás y me quité todo, volviéndoselo a arrojar a él.

Me di media vuelta e hice unos movimientos supuestamente sensuales, me agaché mostrándole todo mi culo y un poco de mi vagina.

—Ay perdóname se me vio todo, que vergüenza —dije como chica inocente.

Alucard estaba que echaba chispas. Me tomó directo de la cintura con mucha fuerza y me dijo susurrando:

—Estuvo bueno de juegos nena.

Solté un jadeo fuerte de indefensión.

Me agarró las nalgas con mucha fuerza y solo sentí su lengua hurgando en mi vagina, metía sus dedos y frotaba mi clítoris, mordía y escupía. Era el mejor para el sexo oral.

Otra sensación nueva me invadió.

—¿Me estás lamiendo el ano?

Solo asintió con un quejido de placer.

Era mucho más rico que en la vagina, el metía su lengua y hacía que todo mi culito quedara lubricado y algo en mí me hizo decir …

—¿Me lo harías por atrás?

Su mirada y la mía se encontró y su sonrisa iluminó toda la habitación

—¿Seria tu primera vez no?

Solo asentí y el pareció estar sumamente satisfecho.

Recogió su pantalón y sacó un condón de su bolsillo, se lo puso en tiempo récord, abrió un cajón junto a la cama y sacó un lubricante de base agua.

—No, no espera —dije desesperada— no sé por qué dije eso, pero no quiero…

Me acalló de un beso.

—Es mi truco final bebé.

La siguiente media hora fue un festival de gritos ahogados, dolor muy leve, dilatación, lubricación y por último de puro placer.

Yo estaba postrada en cuatro en la cama con Alucard detrás de mi metiéndome tres dedos totalmente lubricados en mi ano, entraban sin problema y comenzaban a derretir mis pensamientos. Solo suspiraba hondo y soltaba gemidos ahogados. La velocidad e intensidad aumentó y me metió los dedos hasta adentro.

—Esta lista.

—No creo yo…

No me dejó terminar cuando de un solo tirón sacó los dedos y me dejó con el orto bien abierto. Supe que seguía, su hermoso pene cubierto por látex y muchos mililitros de lubricante.

—No te va a doler, estás bien lubricada y mi amigo no es tan grande.

No le creí hasta que ya llevaba media verga adentro y entraba con una facilidad asombrosa.

—Si… bien lubricada, mierda que apretada estás.

El placer venía en olas, era muy poco doloroso, más bien se sentía extraño, como tener ganas de ir al baño. Por un acto reflejo intenté cerrar mi esfínter, pero eso solo hizo que todo fuera peor, causándome un poco de dolor.

Alucard comenzó el meneo y el dolor se transformó en más ganas de ir al baño. Después de varios minutos el placer volvía a hacer acto de presencia y me regalaba unas sensaciones muy lindas en mis entrañas.

—Nunca había tenido un anal tan rico como este Nicol, eres una profesional.

Eso me reafirmó y me hizo incorporarme más en la cama.

—Solo siento muchas ganas de ir al baño Alucard.

—Es una sensación nueva para ti, te acostumbrarás Nicol.

Pero era difícil, sentía como si me fuera a cagar en cualquier momento, pero un sentimiento familiar volvió a surgir, el de hacerse pipí, pero en realidad era el Squirt. Así que recordé las palabras de Nelly y me dejé llevar hasta que las sensaciones se perdieron y el placer de un orgasmo demoledor me tumbó en la cama. Alucard sacó su pene lentamente de mí y acarició mi ano para que se volviera a cerrar de nuevo.

Se recostó junto a mí y vi cómo se quitaba el condón, el cual estaba repleto de semen en el receptáculo y sorprendentemente limpio por fuera.

Se limpió las manos, y dijo.

—¿Lista para el round dos?

—Déjame descansar un poco por favor.

—Vale —dijo Alucard, el cual se sentó en un pequeño sillón de la habitación y sacó un puro de la nada.

—No fumes, te hará daño— le dije de broma.

—No tengas tanto sexo conmigo, te podrías hacer adicta.

Terminé muerta de la risa, esa noche fue bastante inolvidable.

Después de una sesión de sexo más convencional Alucard se terminó durmiendo y yo a su lado. Crucé una pierna sobre la suya y pegué mi húmedo sexo contra la piel de su pierna.

A la mañana siguiente el ya no estaba en la habitación, pero había una nota en la puerta cerrada.

“Tuve una junta y tuve que correr, llámame cuando quieras”

Me vestí y salí afuera, tenía que volver a casa.

Al llegar después de llamar a Alfonso me metí a mi casa y me di un baño. Ese día quería tomármelo de relajo después de la gran faena de anoche.

Escuché música por horas mientras bebía y escuché una frase en una canción que me dejó pensando. “Dame más, dame más, dame más, quiero más”

Esa misma noche salí a trabajar con energías renovadas.

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