Capítulo 16: La tía Nicol
—Vamos hoy no tienes nada que hacer
y quién sabe si en verdad te llamen, es una gran forma de que ellos te conozcan
por primera vez.
—No lo sé Lupita, no sé si me siento
listo —dije con mi voz de mujer.
—Anda mira, yo te apoyo, podemos
estar un rato juntas con los niños para que no te tengan miedo y después ya te
dejo con ellos porque tengo algunos pendientes en la casa.
—Ok —dije poniendo esta cara 😖.
Colgué el teléfono y fui
directamente al departamento de Lupita ya que yo me encontraba en mi casa.
Al llegar traté de pensar en una
coartada, o inventarme algo, mis niños eran muy listos, pero seguían siendo
simples niños pequeños.
Subí hasta el piso de Lupita y toqué
su timbre. Me sacudí los hombros y revisé que estuviera vestida de manera
decente para estar frente a los niños. Llevaba unas zapatillas deportivas, unos
pantalones de mezclilla con una rotura pequeña en la rodilla y una blusa de
Mickey mouse. Bastante apropiado y no estaba vestida como una puta como
siempre.
Lupita abrió la puerta y sonrío con
toda la boca, me dio un fuerte abrazo y gritó:
—Niños ya llegó su tía Nicol la
hermana de su papi.
¿¿¿¿¿Que????? ¿Mi hermana?, yo iba a
decir que era la nueva niñera, toda mi coartada se fue al diablo.
Los niños corrieron como demonios
hacía mi dirección y se abalanzaron para abrazar mis piernas gritando: “tía,
tía, tía”.
Mi pequeño hijo Alex me comenzó a
mostrar un juguete suyo y a hacerme preguntas de dónde venía y así.
Mi hija Miranda comenzó a mostrarme
un juego suyo de la tableta y a pedirme que jugara con ella.
Y noté una reacción algo rara de
Matilda la más pequeña, se me quedó viendo con algo de duda.
Pero me alegró saber que mi hija me
reconociera del otro día en la pizzería diciendo:
—Eres la del baño.
—Ah si perdóname que no te abrazara
esa vez mi amor, pero quería llegar hoy de visita y sorprenderlos.
Mi hija pareció estar satisfecha con
esa respuesta y dijo.
—Está bien tía, ya te conocemos y te
podemos abrazar —dijo con algunos errores en su dicción.
Lupita parecía contenta y se trataba
de ocultar las lágrimas con la mano. Yo me levanté y le dije:
—Bueno Lupita creo que ya me puedo
encargar de ellos por ahora, ¿Qué tal si haces tus pendientes?
La tomé del hombro y la conduje a su
habitación cerrando la puerta.
—Creo que salió bastante bien —dije—
no parecen sospechar por ahora.
—Pero fíjate, te reconoció.
—Si, es lista ¿Cómo supieron de mí?
—Les platiqué de su tía Nicol y los
llené de emoción durante los últimos días.
—Espero cumplir sus expectativas —dije
nerviosa.
Salí con ellos de nuevo, estaban
sentados en los sillones de la sala comiendo un sándwich de jamón.
—Bueno niños, su papá me dijo que
los llevara a la casa y los cuidara porque su abuelita está muy ocupada.
Parecía que los había invitado a
Disneylandia porque se levantaron en tiempo record y recogieron sus cosas.
—Si tía Nicol, vámonos a la casa —dijo
mi hija Miranda con su mochila medio colgada de los hombros y su gorra rosa
puesta de manera apresurada en su largo cabello.
—Pero con calma niños, no hay prisa
su papá me prestó su carro.
—Ta’ bien tía —dijo Alex que
caminaba hacia la cocina para dejar su plato. Salimos del departamento en menos
de 5 minutos y nos fuimos a casa. Era un sábado a las 11 de la mañana y mis
niños estaban más inquietos de lo usual. Me hicieron muchas preguntas en el
carro, resumiendo les dije que era su tía Nicol, hermana de su papá Pedro,
tenía 25 años era modelo y artista, además de que llevaba muchos años viajando
y por eso no nos habíamos conocido.
Empezamos el día haciendo panqueques
mientras cantábamos canciones, para luego comerlos acompañados de mucha miel.
Luego fuimos al parque donde jugamos juntos y fuimos por helados, no faltaba el
papá mañoso que veía mi trasero mientras estaba con mis hijos o aprovechaba en
pedir mi número. Por suerte mía les daba el número de atención para el adulto
mayor ya que me había aprendido el número de memoria. Seguro que más de uno
llamaría con la voz bien caliente solo para ser atendido por una secretaria
huraña jaja. Para el almuerzo los lleve a comer a Kentucky y luego fuimos al
cine. Mi hijo mayor terminó agotado, a tal punto que ni bien llegamos a casa se
durmió. Entonces aproveché para tener un “momento de chicas” con mis hijas. Fue
lindo, jamás pensé en enseñarles a pintarse las uñas, pero ahí estaba poniendo
esmalte rosa en sus pequeños dedos mientras conversábamos sobre cosas de niñas
que les gustaban y que obviamente como padre sabía de lo que me hablaban, luego
dejé que ellas pintaran las mías, pero no dejé que lo intentaran en mis pies
por el desastre que hicieron en mis manos. Jugamos a las princesas, vimos
videos juntas y acabamos el día conmigo cepillando su cabello, tal y como mi
esposa lo hacía con ellas. Estuve a punto de llorar por culpa de los recuerdos,
pero mi hija Miranda comenzó a mostrarse adormilada, por lo que la tuve que
ayudar a cambiarse al pijama y lavarse los dientes. Me mantuve un rato más con
mi hija más pequeña, la cual me seguía mirando con ojos extraños y algo
adormilados.
—¿Que te pasa chiquita?
—Es que es extraño —dijo Matilda
frunciendo el ceño.
—¿Que es extraño mi amor?
—Que mi papi no nos vea y no haya
estado con nosotras hoy.
—Ay Matilda —dije con tristeza— a mí
también me gustaría, pero tu papi tiene que trabajar mucho, él los quiere como
a nada en el mundo, pero tiene que estar fuera, también me gustaría verlo.
—Mi abuelita nos dice eso siempre,
pero a mí papi parece que no lo sabe.
—¿Que no sabe?
—Que lo extraño, y a mi mami también
la extraño, hace mucho que sus abrazos no se sienten igual.
—Tu papi ya también podrá estar con
ustedes más tiempo, y yo también —le dije mientras la abrazaba con fuerza— ya
no estarán solos.
—Te quiero tía.
—Yo también mi amor, yo también los
quiero, y tu papi y tu mami que está en el cielo.
Ambas lloramos silenciosamente
mientras manteníamos un largo abrazo. Matilda se apartó de mí y me dio un
besito en la mejilla, yo se lo devolví en la frente y la mandé a dormir.
Mi niña me había confiado algo tan
precioso e importante, el cómo le daba miedo estar más tiempo sola por haber
perdido a su mami, y me ayudaba a saber que no estaba solo en mi dolor de haber
perdido a mi compañera de vida.

No fue la única vez que pase tiempo
como mujer con ellos, aprovechaba cada que podía para hacerlo, siendo conocida
como la tía Nicol. Me alegraba que mis hijos se sientan bien con ella, o
conmigo, es confuso. Sabía que no podía suplir el papel de mi esposa, pero al
menos me quedaba la satisfacción de que por fin tenían una figura materna. Es
gracioso porque muchas veces me decían que debía invitar a Nicol a comer con
nosotros, si tan solo supieran que somos la misma persona.
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